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domingo, 9 de noviembre de 2008

El arte del regateo

Ok, es sencillo. Estamos en el lado del mundo de las fábricas, donde se supone que todo es más barato. Llegás al chinamito donde esa china curtida, de ojos diminutos y cabello lacio grita algunos hechizos que ni idea de lo que significan. Sólo querés comprar esa camisa, pero la doñita dice "yi bai kuai" (100 yuanes, equivalente a US$15). El precio te parece caro, entonces comienza el arte del regateo. Hacerlo no es fácil; está la barrera de este bendito idioma que parece una canción desentonada, y a veces enojona, y que si te ven extranjero asumen que cargás dinero.
Entonces, ¿cómo hacer para lograr un buen precio? He aquí algunas técnicas.

1. Nunca decir el precio primero. La clave es dejar que el/la negociante de el primer precio. Siempre van a decir una cifra elevada. En ese momento bajás el precio a la mitad por ejemplo, para que el/la vendedor@ te de un precio racional.
2. No parecer ansioso. Si el/vendedor@ percibe que de verdad querés el artículo, probablemente no baje mucho el precio porque sabe que de todas maneras lo vas a comprar.
3. Continuá firme con tu oferta. Hacé como que no querés comprar el artículo. Los movimientos corporales de negación como mover la cabeza, las manos o hacer el intento de irte presionará la situación para que bajen más el precio.
4. No sonreír. Hacerle creer al negociante que aunque no estás satisfech@ con el precio final, siempre te lo vas a llevar.

¡Y vuolá! Llevás algo barato, no puedo asegurar que de buena calidad porque es China, pero barato al fin.

¡Suerte!

miércoles, 29 de octubre de 2008

En la calle... ¿Popcorn...?

¿Qué puedo decir? Acá todo es rudimentario. Todo lo hacen conforme a la medida de las posibilidades y los presupuestos.
He visto cosas interesantes acá, pero hace poco vi una de las cosas que me parecieron más curiosas en toda mi vida: la manera como hacen palomitas de maíz en la calle cerca de mi universidad.

El olor era asombroso. Maíz reventado con unos matices de azúcar. La fragancia era dulce y recordaba a casa, mi casa. La fábrica era una mesita de madera gruesa que medía menos de dos metros de longitud, seis o siete bolsitas apretadas, llenitas de popcorn caliente y una maquinita oxidada por tanto uso. La máquina era una especie de olla, tenía color de clavo de muelle, entre rojiza y cafezusca. En la tapa en lugar de agarradera tenía una palanca que el chino sudoroso le daba vueltas y vueltas con una energía que me hacía doler el brazo. Dos minutos después abrió la tapa y la fragancia dulce a inundó el ambiente cercano. Volteó la olla y las palomitas blancas caían una tras otra en una urna de vidrio con un bombillo de tal vez unos 50 watts que las mantenía calientes y frescas.

"¿Duo shao qian?"- preguntamos curiosos por el precio.
"Lian kuai"- contestó el agitado chino.

¿Dos yuanes? ¡Son menos de 200 colones! Y por comer popcorn que recuerde a casa...

¡A la mesa! ¡¡¡Vivan Costa Rica y el gallo pinto!

Hora de comer. Ofrecen carne de res en trocitos (nunca un bistec entero) con chille verde picado en juliana, mini pescaditos negros con sus cabecitas empapadas de salsa de soya, tofu, o mejor conocido como queso de soya, una planta verde claro parecida a lechuga pero hervida, huesos de pollo fritos con algunas hebras de carne, muslos de pato asados que se ven bronceaditos como con aceite de coco en la playa y arroz en bloque como lo llamo yo: arroz cocinado con tanta agua que cuando la persona trata de servirlo en mi plato, cae como una sola pelota de arroz compacta.

El comedor de mi edificio, para mí es, en pocas palabras, una tortura. Huele a jengibre, ajo y condimento chino que ya a estas alturas dejó de causarme nauseas muy seguido como en los primeros. El olor se esparce por los alrededores, y la solución es no respirar cuando pasamos cerca. Además, el jengibre a mi amiga y a mí nos produce una alergia extraña: estornudos y estornudos y luego se nos tienden a cerrar las vías respiratorias. Es bastante frustrante cuando nos falta el aire.

Cada región de China tiene su variedad de sabores en las comidas. Pues para arreglarla, en Guilin la comida es picante. Dicen los que saben que es para contrarrestar la humedad y el calor. Sinceramente creo que si de comer chile o jengibre dependiera mi vida acá, no podría regresar a Costa Rica. En los platos se ven los trocitos de un chile que creo que es del tipo campana o al menos primos, porque pica como la madre. ¡Y las semillas! ¡Ay, las semillas son lo peor de todo! Si en el bufet ves semillas y el paladar es tan sensible como el mío, mejor andá a la pulpería del chino y comprás un pan, que por cierto es súper barato. Algunos saben a cloro, pero con refresco se pasa la sensación.
A todo esto mi compañera de cuarto me pasó un tip: aprender a decir "no picante" en chino. Se dice "bu la", y así de sencillo he logrado comer decentemente una vez al día. Aunque aún no termino de acostumbrarme a que me aparezca como una cabeza de ajo cada vez.

¡Y comer con palillos chinos! Es entretenido, bueno a veces y duro una eternidad para acabar mi plato porque se me cae la comida de los palitos. Pero tiene beneficios:
Perspectiva empírica: Te sentís lleno aunque hayás comido poco, situación probada por esta servidora...
Perspectiva científica: Expertos, o quizá no expertos, pero de los que algo saben de salud, comentan que ayuda a adelgazar porque la digestión se realiza mientras aún estamos masticando.

En una reunión de esas que se mantienen a menudo por acá, en las que nos damos apoyo moral, determinamos que usar palos chinos para comer es una de las mejores maneras de ahorrar en comida y lograr el propósito de año nuevo de muchos: adelgazar. ¡Así que ahí les queda el tip!

Poco a poco te vas acostumbrando a comer todo frito o hervido, grasa por montones, arroz apelotado, huesos de pollo porque jamás te darán una pechuga, huevo negro que aún no me explico cómo les gusta si huele a basura de una semana, jengibre y las miles de cabezas de ajo.

De lo que me ha parecido más triste de la cocina china: no tienen queso fresco, fabricado con leche real, nunca hay natilla en la mesa, no conocen los plátanos maduros y no hay, en ningún supermercado, ni una ramita de culantro castilla... Triste, muy triste...

Palabras de una tica que extraña el pinto con huevo y natilla... y que por nada del mundo deja la botellita de Salsa Lizano en el cuarto a la hora de almorzar. ¡Así me sabe un poquito a Costa Rica!

¡¡¡VIVAN COSTA RICA Y EL GALLO PINTO!!!